Era capaz de experimentar, de nuevo, las mismas sensaciones, aunque no pudiera sentir con la misma intensidad. Todo estaba grabado en mi memoria, sólo tenía que tirar del hilo, parar una escena, rebobinar, ir a cámara lenta... y allí estaba mi oído, escuchando sus palabras, o mi piel recibiendo sus caricias, o mi olfato respirando su aroma dulzón, o mi vista recreándose en el ángulo de su mandíbula o en sus sólidos hombros.
Fui consciente en el recuerdo, de que todas esas sensaciones
habían entrado a través de mis sentidos y habían hecho
efecto en mi sensibilidad, en mi mente, en mi dimensión lúdica
y mi capacidad de placer, sin que hubiera tomado plena conciencia de su
participación. (Salinas, D., 2002)
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