"El cansancio
y la fatiga se habían apoderado de mi cuerpo, incluso de mi mente.
Mis piernas, la espalda y la cabeza estaban pidiendo descanso, soñaba
con descansar después de toda una semana de trabajo, viajes y no parar.
Llegué a casa y me preparé un buen baño de agua caliente,
le añadí sales y me desnudé. Previamente había
puesto mi CD de música favorita para relajarme. Con la certeza de poder
disfrutar de un rato de tranquilidad absoluta, me introduje en el agua poco
a poco. Mi piel se dejó atravesar por el estímulo cálido
del agua, el roce suave de las burbujas de jabón delicadamente cubrían
mi superficie. La calidez inundó mi cuerpo, podía sentir cierto
temblor de placer, me recreé en el cambio que experimentaba por cada
milímetro de piel que entraba en contacto. Después, poco a poco,
la placidez y la relajación se apoderaron de mí, sin hacer ningún
esfuerzo, invadiendo cada rincón de mi cuerpo y de mi mente. Disfrutaba
del contacto con la suavidad del agua, atenta a la sensación de bienestar
que había logrado, consciente del cambio que se había ejercido
en mi cuerpo. Me gustaba el olor a romero que las sales esparcían por
la habitación, me incitaba a imaginar un campo florido de un cálido
verano. La música producía un efecto gratificante y sedante
en mi mente. Me dejé sumir en un dulce y prolongado sopor en el que
una semivigilia me permitía recrearme en el placer de la situación,
al tiempo que dejaba volar mi fantasía en una ensoñación
casi real". (Salinas, D., 2002)