"Sentía que era yo, que no dejaba nada oculto al territorio de sensualidad y placer que habíamos creado entre los dos. Cada imagen que venía a mi mente, cada pensamiento, cada deseo, lo verbalizaba, se lo comunicaba, poco a poco, creando en él un mayor grado de excitación, haciéndole cómplice de la vasta superficie de mi sexualidad, de sus recodos, sus ríos, sus valles e incluso los descubrimientos que nuestra vivencia iba aflorando. Sentía, también, que él estaba del mismo modo, receptivo, entregado, totalmente desinhibido, abierto a las sensaciones, cómodo y relajado. Estabamos ávidos de curiosidad, de interés, de darnos, de explorarnos, de decirnos, sentirnos y saciarnos. Nos sentíamos felices, alegres y juguetones. Nos sentíamos anchos, inmensos. Nos sentíamos excitados, desbordando pasión, reteniendo su cauce para prolongar su disfrute. Habíamos conectado, nos entendíamos. El placer nos inundaba sin reparos, habíamos abierto todas las compuertas, el manantial de la emoción y de la gratificación entraba a raudales a saciar nuestros cuerpos, sus mentes y sus sentimientos. Ya no quedaba nada dentro de nosotros, nos habíamos vaciado en el otro, habíamos agotado nuestras reservas de sensaciones... Satisfechos, repletos, confiados, cómplices y alegres, descansamos plácidamente, escuchando el viento que nos recordaba la vida fuera de nuestro territorio de intimidad, en la calle... Nos vestimos y salimos a caminar sin rumbo. Ahora sin hablar, nos sentíamos juntos" (Salinas, D., 2002)


Satisfacción