- Significado social Un elevadisimo porcentaje de la prostitución se ejerce entre clientes hombres y prostitutas mujeres, por lo que en general nos referiremos a este tipo de relación y excepcionalmente a las relaciones de clientes mujeres y prostitutos hombres, ya que es una categoría de prostitución todavía incipiente. En el mundo de la prostitución confluyen el placer sexual y la economía, dos aspectos importantes de las relaciones humanas: el cliente busca un placer sexual y la prostituta busca un ingreso económico. Ambos tienen lo que la otra persona busca e intercambian sus "recursos". Hasta aquí parece un intercambio equilibrado, practicado a voluntad de ambos y ejercido en la libertad; por lo que, si se dieran siempre circunstancias de igualdad social y no intervinieran aspectos que a primera vista se nos quedan ocultos, podría pensarse que la prostitución es una práctica beneficiosa basada en el principio de igualdad y libertad para el conjunto de la población que la practica. Sin embargo, en la mayoría de los casos en los que la prostitución se practica, no hay tales condiciones de igualdad social. En primer lugar, no es una opción libremente escogida entre otras igualmente remuneradas. Salvo la prostitución de lujo, ejercida por mujeres con posibilidades de ejercer otras profesiones y que es relativamente pequeña comparada con el resto de la prostitución y que, así mismo, supone unos ingresos muy elevados para quienes la practican; la marginalidad, la desigualdad económica, la falta de estudios y de medios, son el sustrato común a la mayoría de las prostitutas. La prostitución no afecta por igual a las clases sociales. Entre las mujeres de clase social elevada y media la prostitución es prácticamente inexistente. La prostitución sexual es una alternativa que tiene muchisima mayor incidencia en las clases sociales pobres, entre inmigrantes y en la marginalidad de las drogas. Mientras que la distribución de la frecuencia de utilización de servicios por clientes, nos dará una curva inversamente proporcional. A mayor proporción de ingresos, edades más maduras y mejor posición social, mayor utilización de los servicios de prostitución y los más caros. Por otra parte, las mujeres se inician en la prostitución a edades muy tempranas, en las que aún no han desarrollado toda su personalidad y sus capacidades afectivas y emocionales, por lo que la practica de la prostitución condiciona su desarrollo introduciendo elementos que alteran -generalmente con traumas, contradicciones, inseguridades, etc.- su evolución normal. La prostitución no sólo se ejerce de forma consentida, incluso aunque ese consentimiento se vea obligado por las circunstancias económicas. En países muy pobres es práctica común la venta de niñas y niños para la prostitución, así como la prostitución en las calles de las/los adolescentes. Las diferencias de género, económicas y culturales están desgraciadamente presentes en el 90% de la prostitución. La oferta se amplía en las coyunturas provocadas por las crisis económicas y sociales (guerras, desarraigos, emigración, muertes, etc.) en las que las mujeres han sido y son las más agraviadas, y la demanda aumenta con la facilidad de acceso, la reducción de los costes y la mayor oferta. La marginalización social de las prostitutas conduce a crear guetos y a la doble moral, vivida por los clientes, las prostitutas y la sociedad en general. La identidad de las prostitutas se ve así marcada por una pertenencia ilícita a una profesión que es demandada y protegida, al tiempo que es denostada y rechazada socialmente. Los clientes utilizan los servicios de las prostitutas, pero poquisimos de estos clientes son los que forman pareja con una prostituta y cuando lo hacen, ambos se enfrentan a la crítica y/o rechazo social. La prostitución frecuente también puede significar algunos peligros para la identidad sexual y afectiva del cliente. La persona se acostumbra a las relaciones de intercambio económico, olvidándose y anulando sus potenciales en un ámbito donde el afecto, la comunicación y el respeto aportan muchos más beneficios en la autoestima y en la configuración afectivo-emocional del individuo. Frente a este peligro, la prostitución encierra lo que para algunas personas son enormes ventajas como la poca inversión en términos de tiempo. La prostitución sexual permite ocupar el tiempo en actividades que se consideran más rentables que el amor, las relaciones de pareja, la comprensión, el compromiso, la solidaridad, la responsabilidad, etc. La prostitución aporta un grado de placer y a cambio no requiere compromisos, no demanda madurar y crecer emocionalmente, no demanda reciprocidad. Los hombres utilizan los servicios pero solo en determinados círculos reconocen su trato con prostitutas. Sin embargo, muchos son los hombres que recurren a este tipo de relaciones porque les gratifican sexualmente a cambio de una suma económica, sin tener que invertir tiempo, afecto, atención, compromisos, etc. Aunque también existen clientes que buscan el afecto, la conversación, la atención, etc. que no encuentran en el trato habitual con mujeres. Vemos, por lo tanto, que también hay desigualdad en las nociones de sexualidad y placer que están presentes en las relaciones que podríamos denominar abiertas, frente a las relaciones en la prostitución. Estas desigualdades, la marginación, la doble moral, los guetos, etc. general sociedades desubicadas sexualmente, con una falta de coherencia en los planteamientos de las políticas locales y las legislaciones que afectan a su regulación. La prostitución sexual no se respeta, como no se respeta a las prostitutas en el conjunto de la sociedad. Durante siglos se viene reproduciendo esta paradoja que permanece aún en sociedades supuestamente avanzadas como la nuestra. La prostitución sexual viene a poner en evidencia las diferencias de educación sexual vividas por hombres y mujeres. Estas diferencias generan actitudes distintas y, en muchos casos, el hábito y/o la necesidad de muchos hombres de satisfacer el deseo sexual en ámbitos de prostitución con una frecuencia muy alta, frente a las mujeres que en muchos casos inhiben sus deseos o los orientan hacia otro tipo de prácticas, autoerotismo o relaciones más amplias en donde no sólo está presente el placer sexual. Si se desea la igualdad y la libertad de elección en las relaciones sexuales, habrá que empezar por la igualdad y la libertad en la educación sexual, evitando la discriminación por razones de género, los falsos prejuicios, las éticas represivas y las recriminaciones de las conductas o manifestaciones espontáneas y libres de mujeres y hombres. La legalización, el control y el seguimiento de la prostitución es una responsabilidad de las autoridades sanitarias y administrativas para posibilitar que su practica se realice en condiciones de salubridad adecuadas, pero también para posibilitar la denuncia de abusos, los malos tratos, la delincuencia asociada, la explotación y trata de blancas, etc. Prohibir la prostitución es como prohibir el alcohol o las drogas, es crear guetos y mundos marginales que generan delincuencia y reproducen y aumentan las desigualdades. Es deseable que la prostitución pierda todos los componentes de desigualdad de clase, económica, cultural y de género que hoy en día tiene; de forma que las personas que la ejercen y que son, en su gran mayoría, víctimas de la desigualdad, puedan tener una dignidad social y unos derechos sociales (seguridad social, sanidad gratuita, control sanitario, locales adecuados, asociaciones, etc.) como cualquier trabajador. La integración de la marginalidad, elimina la marginalidad. Pero no hay que ser ingenuos, su desaparición únicamente, no hará que desaparezcan esas otras diferencias. Si deseamos una sociedad en la que las relaciones sexuales y de placer se ejerzan en el ámbito de la absoluta libertad e igualdad, habrá que empezar por mejorar las condiciones de vida de las personas más marginadas. Como consecuencia tendremos una mayor libertad de acceso a los privilegios y de rechazo y superación de la marginalidad. © Dolores Salinas 2004