Todos estos problemas tienen, en la mayor parte de los casos, un tratamiento natural, sin medicaciones y sin intervenciones. El aprendizaje de las técnicas y conductas adecuadas, soluciona el problema de raíz, permitiendo una vida sexual absolutamente satisfactoria, sin depender de la medicación o someterse a la cirujía. El objetivo de una terapia sexual es una reorientación adecuada de las actitudes y conductas en las relaciones sexuales, mediante el aprendizaje de las técnicas y el control necesario. Vivimos en una cultura y una sociedad que ha dado excesiva importancia a la "respuesta sexual", técnicamente hablando, y muy poca importancia a las verdaderas necesidades de la persona en el ámbito del placer y la satisfacción. Esta obsesión por la "respuesta sexual" en detrimento del placer, ocasiona, precisamente, el efecto no deseado: fracasar en la "respuesta sexual". Esta cultura del "éxito" técnico, unida, durante muchos años, a una tradición heredada de ausencia de educación en sexualidad, han fraguado un mundo de gran desinformación, ignorancia, falsas creencias, aprendizajes erróneos, prácticas frustrantes y silencio al respecto. En determinados círculos, generalmente entre hombres, solo se hablaba de la sexualidad para referirse a los "logros y proezas" alcanzados en el terreno técnico. Esta costumbre tan desafortunada no ha hecho sino empeorar la situación de muchos hombres (y también mujeres) que han escuchado estas proezas, asintiendo y reprimiendo su propia vivencia ajena y contraria a ese tipo de presunciones que, en cierto modo, eran, desde su propio punto de vista, mucho más fracasadas. En los últimos años estamos asistiendo a un aumento progresivo y notable de la información y de la publicación de temas sobre sexualidad. Ahora se habla de sexualidad con una actitud menos reprimida, se empieza a concienciar a la sociedad de que no tiene por qué ser un tema tabú, prohibido y excluido del repertorio de conversaciones. Pero, aún así, el tema de las disfunciones o los problemas, incompatibilidades, dificultades, etc., en torno a la sexualidad, quedan relegados de las conversaciones habituales. Parece que nadie tiene problemas. La sexualidad, por mucho que se reprima socialmente, o se trate de un modo u otro, sigue existiendo, de modo que parece que lo más inteligente y razonable es reconocer su existencia; darle la importancia que tiene; tratar de atender a toda su complejidad; dedicarle el tiempo y la atención necesarias y procurar estar abiertos a vivir de una forma más satisfactoria sin que nuestra medida de satisfacción tenga que tener como referente otras personas de nuestro entorno, sino nuestras propias capacidades. Para descubrir estas capacidades es necesario observarnos sin prejuicios, sin falsas creencias y con un cierto realismo. En esta situación estaremos en condiciones de saber si tenemos algún tipo de problema o bien se trata de un falso problema. Podremos autoevaluar si nuestro malestar está derivado de unas expectativas erróneas, basadas en la imagen social, o bien nos convendría mejorar ciertos aspectos, rectificar algunas conductas erróneas y sustituir actitudes o comportamientos que nos perjudican. Llegados a este punto ya habremos avanzado muchisimo, porque al racionalizar un problema le damos la dimensión adecuada y reducimos nuestro nivel de ansiedad, temor y preocupación. Ingredientes poco recomendables en cualquier tipo de proceso de resolución de problemas. Una vez que hayamos autoevaluado sin la presión del entorno y la propia nuestra, estaremos en una mejor disposición para atender a la consulta de un/a profesional para exponer nuestro malestar, nuestras inquietudes o nuestro problema. También estaremos en mejor disposición para seguir el tratamiento adecuado, solucionando y superando cualquier obstáculo que dificulte nuestro placer y satisfacción en el ámbito sexual. ¿Por qué nos da vergüenza ir a un terapeuta sexual? Nunca tendremos vergüenza por ir al oftalmólogo a examinar nuestra vista si comenzamos a sentir fatiga al leer y dificultades para enfocar correctamente. Tampoco nos cuesta hablar de que estamos acatarrados y hechos un "asco", aunque el catarro lo hayamos cogido por estar desnudos en medio de una corriente. Ni nos cuesta ir al médico con una buena indigestión, debido a que nos hemos atiborrado de comida... A nadie le supone ningún problema reconocer que tiene dolor de espalda y atender a la consulta de un/a traumatólogo/a para tratar de aliviarlo. En ninguno de estos casos, nos costará escuchar y aceptar las recomendaciones que el/la especialista nos dará sobre la necesidad de rectificar ciertos hábitos, o modificar ciertas conductas, incluso ciertas creencias erróneas asociadas a nuestras costumbres. Por ejemplo, si el/la traumatólogo/a considera que tenemos malos hábitos adquiridos en las posturas que adoptamos al sentarnos y que éstas están originando este tipo de dolencias, aceptaremos sus sugerencias y probablemente intentaremos rectificarlas con las indicaciones que nos faciliten. Todas estas reacciones las vemos normales, no nos plantean ningún tipo de pudor, reserva o vergüenza. Incluso si algún amigo/a nos pregunta por algún especialista para tal o cual problema, estaremos encantados de darle todo lujo de detalles sobre nuestra experiencia al respecto en aquella ocasión que nosotros padecimos ese mismo o similar problema. Le haremos recomendaciones de todo tipo y nos prodigaremos en ejercer de "especialistas" en el tema. Sin embargo, cuando se trata de nuestra sexualidad, de nuestras relaciones sexuales, de la respuesta sexual, etc. ahí cambia la cosa. Parece que es más difícil admitir que se tienen dificultades sexuales. Y parece más difícil tanto para reconocérnoslo a nosotros mismos como para hablarlo con los demás, incluida nuestra pareja, amigos y área de salud. Tenemos la creencia de que las dificultades surgidas en el ámbito sexual significan un menoscabo de nuestra imagen, una falta, un problema que nos discapacita globalmente, una cuestión que nos hace de menos, algo que desdice nuestra personalidad, etc., etc. También nos da vergüenza reconocerlo y hablarlo porque pensamos que somos los únicos que tenemos algún problema. Aunque si hiciéramos el mínimo ejercicio de manifestarnos al respecto, veríamos cómo se unen a nuestro discurso muchas personas con similares o parecidos problemas. No hay más que contar en el momento adecuado y de la forma adecuada alguna situación similar... la conversación se dispara y las actitudes vergonzosas se relajan. Esta actitud está muy extendida y lo único que hace es empeorar el problema. Al atender a una consulta, generalmente se tiene una cierta dosis de escepticismo y a la vez cierta esperanza. Esto es normal si tenemos en cuenta que quizá hemos tratado de solucionarlo por nuestra cuenta; que tal vez hemos fracasado en nuestros intentos; que seguramente el problema que tenemos lo llevamos arrastrando desde hace mucho tiempo y nos vemos incapaces de superarlo, etc. Los temores y la frustración se van cronificando y se convierten en uno de nuestros peores enemigos. Una de las labores de un/a terapeuta es tratar de modificar esta actitud de recelo y escepticismo ya desde las primeras sesiones. Para ello se trata de participar al/la paciente de los contenidos de la terapia, de los objetivos, de los procedimientos y todos los pasos del proceso. Se trata de que el/la paciente sea absolutamente activo/a, no un sujeto pasivo de la terapia. Entre las disfunciones sexuales más habituales se hallan: · Bajo deseo sexual; inhibición del deseo sexual; deseo sexual exacerbado; aversión hacia la relación sexual. Problemas de frecuencia en las relaciones. · Dificultad para lograr o mantener una erección (hombres); Dificultad para lograr o mantener la excitación (mujeres). · Orgasmos y eyaculación rápidos, retardados, prematuros; ausencia de orgasmo; eyaculación sin orgasmo; orgasmo solo a través de la masturbación; orgasmo no placentero. · Dolor durante las relaciones, en la excitación, la penetración o los movimientos. Dolor al eyacular. Vaginismo · Problemas interpersonales o de pareja; preferencia por parejas y relaciones extramaritales. · Falta de información, creencias irracionales, actitudes negativas · Trastornos psicológicos u orgánicos · Problemas asociados a la identidad, a la actividad o al objeto o sujeto al que se orienta nuestro deseo sexual · Desviaciones sin consentimiento o de elección libre y consciente: violación, abusos deshonestos, sadomasoquismo, exhibicionismo... · Víctimas de desviaciones sexuales como las mencionadas anteriormente. · Deprivados y oprimidos sexuales: deficientes psíquicos, sensoriales, etc. (Resumen elaborado a partir de la clasificación de Carrobles, J.A., 1991) © Dolores Salinas 2004
· La eyaculación precoz · La falta de deseo · La anorgasmia · Las dificultades de erección o/y la impotencia · Los problemas de excitación · El dolor