"Mis manos recorrían despacio
el perfil de su cuerpo que, tumbado de costado, exponía su cadera formando
casi un ángulo con la cintura. Me recreaba viendo cómo mis dedos
morenos se deslizaban por su piel blanca. Podía sentir cómo
su piel entendía mi lenguaje y respondía cálida; cómo
su cuerpo se adaptaba al paso de mi mano, atrayéndola hacia él.
Si paraba, oía una suave y apenas perceptible queja. Jugaba a darle
y quitarle el placer. Me detenía en los rincones que se manifestaban
menos sensibles, hasta que conseguía despertarlos a las sensaciones.
Así pasábamos largos ratos, en los que hablábamos y susurrábamos
palabras tiernas. A veces, el estado de bienestar y la embriaguez de la cálida
tarde nos llevaban a dormirnos. Otras veces, el juego se intensificaba y nos
inundaba una gran excitación, nos entregábamos con pasión
a los sentidos, nos fundíamos y extenuados, nos quedábamos dormidos...
Aún hoy, al recordar esas tardes de verano, tumbados sobre la yerba,
puedo sentir el placer de aquellos días." (Salinas, D., 2002)