"Disfrutábamos de nuestra
cercanía, del aroma de nuestros cuerpos, nos recreábamos en
las sensaciones que nuestras miradas, palabras, caricias y besos provocaban
en nuestros sentidos, jugábamos a describirnos el uno al otro qué
sensaciones distintas éramos capaces de experimentar. Era un juego
al que solíamos jugar las tardes de verano, escondidos en el desván,
mientras los demás echaban la siesta. Ya teníamos un repertorio
muy amplio, pero nos divertía buscar en el diccionario nuevas palabras
para tratar de identificar otras sensaciones y descubrírselas al otro.
Poder nombrar lo que identificábamos nos hacía sentir más
conscientes de lo que percibíamos. Nuestra actitud, generalmente alocada,
despreocupada y distraída, adquiría una concentración,
una atención especial, que nuestros mayores no conseguían de
nosotros hacia ninguna de las tareas que nos tenían encomendadas. Era
un mundo fascinante, que nos ensanchaba la noción de nuestra existencia,
que nos descubrió una realidad sensorial que no tenía límites.
También nos permitió entender que podríamos ampliarnos
y ensanchar nuestros horizontes en otros campos hasta ese momento desconocidos."
(Salinas, D., 2002)