"Ayer, mientras tomaba una cerveza
en la plaza, vi pasar a Ana. Hace diez años que no nos vemos. La vista
de su imagen me produjo un gran impacto. Sentí que se aceleraba el
pulso y que empezaba a sudar y se generaba un poco de ansiedad. Volví
a experimentar los mismos síntomas que me producía su cercanía
cuando nos conocimos. En esta ocasión a los pocos minutos desapareció
esa primera reacción que dio paso a una sensación de alegría,
curiosidad e indecisión. Estaba guapa y su cuerpo se movía con
la misma gracia, con esa elegancia y ligereza tan propias de ella. Muchos
recuerdos pedían paso y se atropellaban en mi mente. Deseaba disfrutar
de su encanto, tenía curiosidad por saber qué era de su vida
y por hablarle de lo bien que me encontraba ahora... y al mismo tiempo no
estaba seguro de querer hacerlo..." (Salinas, D. 2002)